Boletín Nº8 Julio - Septiembre 2025

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Valentina Montero, vicedecana del Colegio Notarial del País Vasco

“Pensé que era el momento de contribuir con mi granito de arena a una profesión a la que estoy orgullosísima de pertenecer”

Una vocación, un orgullo y un legado familiar. Es lo que significa para Valentina Montero, vicedecana del Colegio Notarial del País Vasco, ser notaria: el resultado natural de crecer en el seno de un hogar que vivía con pasión la profesión. Su padre, notario ya jubilado y uno de los fundadores de la academia de preparación de notarías de Galicia, fue un referente no solo en lo profesional, sino también en lo vital: junto a su madre, convertían cada comida familiar —son siete hermanos, nueve a la mesa— en una lección de historias, valores y convivencia.

Y Valentina siguió sus pasos: “Pensé que esta profesión, además, me permitiría como mujer desarrollar una vida profesional y familiar sin que el género fuese un obstáculo”, recuerda. Nació en A Coruña, aunque desde muy pequeña se asentó con su familia en Santiago de Compostela, ciudad a la que hoy se siente unida “hasta la médula”. Allí estudió Derecho en la Universidad de Santiago en los vibrantes años 80, un momento en que la ciudad bullía de cine, conciertos y ganas de abrirse al mundo. Fue también de las primeras en lanzarse a la aventura del Interrail, recorriendo Europa con mochila.

La realidad de la época también se abrió camino. Sus planes iniciales de realizar el doctorado en Bolonia se frustraron: cumplía todas las condiciones excepto una, no era un hombre. Y decidió opositar. Un esfuerzo mayúsculo y también un regalo para toda la vida. En 1990 aprobó y conoció a José Luis, compañero de oposición, con el que desde entonces comparte profesión, y un matrimonio de 35 años y tres hijos.

Una nueva web para una nueva etapa

Sus primeros destinos como notarios fueron pequeños municipios de Gipuzkoa y Burgos en los que pudieron crecer como profesionales y como padres, siendo parte activa de la comunidad. Valentina vivió con intensidad aquellos años combinando excedencias para cuidar a sus hijos con la experiencia enriquecedora y cercana de un notario rural. Tras pasar por Segura, Valle de Mena, Azkoitia, Cangas del Narcea y Eibar, llegó a Tolosa, donde lleva más de 24 años ejerciendo. “Lo que más valoro de mi profesión es que estamos en el centro de la vida social, con sus alegrías y sus penas. Somos testigos privilegiados de los momentos más importantes de la vida de las personas y, además, prestamos un servicio público muy valorado”, asegura Montero.

Afronta con confianza los retos futuros, “porque los notarios siempre nos hemos adaptado a los cambios reclamados por la evolución social y tecnológica”. Precisamente, Valentina valora muy positivamente la labor del equipo del Centro Tecnológico: “Su labor es fundamental para poder desempeñar nuestra función con la necesaria innovación. Por ejemplo, nuestra interacción con organismos públicos que es necesaria para contribuir a conformar el estado del bienestar no sería posible sin los profesionales del CTNotariado resolviendo las materias tecnológicas, de manera rápida y homogénea, para todo el cuerpo notarial”.

Para la vicedecana, la gestión de los datos que realizan los notarios y el tratamiento que realiza el Centro Tecnológico permite colocar a los notarios en una posición inmejorable para el estudio y desarrollo de su función social.

Su compromiso con la institución notarial dio un paso más allá al aceptar el cargo de vicedecana. “Pensé que era el momento de contribuir con mi granito de arena a una profesión a la que estoy orgullosísima de pertenecer. Nuestra labor en la Junta Directiva es ser un puente que facilite el trabajo de los colegiados y proyecto el valor del Notariado a la sociedad”, afirma Montero.

Mar, familia y aprendizaje continuo

En su larga trayectoria como notaria, Valentina atesora miles de anécdotas. Desde la lectura de un testamento al estilo de las películas americanas; la surrealista acta con la cuenta de los conejos de una granja distinguiéndolos por sexos para determinar su valor; la tristeza y ternura de firmar el testamento de un amigo poco antes de su muerte o el ofrecer el calor y contacto humano, negado durante meses, a un enfermo con una enfermedad infecciosa tras romperse el traje protector -sin peligro de contagio-durante la firma de un poder. Momentos intensos, que para Valentina corroboran que la labor del notario está ligada a la vida y a la confianza de las personas.

Cuando no ejerce la labor que la enamora, Valentina navega a vela con toda su familia o pinta cuadernos de viaje con sus acuarelas. Si hay una rutina que nunca abandona es pasar un tiempo de vacaciones con sus padres, su marido, sus hijos, hermanos y sobrinos. “Somos 35 y no lo perdono, porque ese tiempo en común nos ayuda a recargar pilas para el curso, gracias a todo el aprendizaje colectivo y lo que nos transmitimos de manera intergeneracional”. Y es que Valentina nunca ha dejado de seguir su lema vital: “Atreverse con todo, preparándose para ello”.

Lo que más valoro de mi profesión es que estamos en el centro de la vida social, con sus alegrías y sus penas

Valentina Montero pintando con acuarela en su lugar de vacaciones habitual, la Ría de Vigo.